Mar 31, 2008
| City
La ciudad
Los procesos de valorización del espacio de las ciudades poseen historia y han seguido el ritmo de la evolución de los modos de producción y de los modelos de desarrollo. Nuestras ciudades son resultado y síntesis compleja de los modelos indígenas precolombinos, del saqueo invasor, de la colonia con sus mitas y resguardos, de la renta de las haciendas, de las violencias que han acompañado las formas de acumulación simple y el fordismo, de las formas de plusvalía relativa y el débil desarrollo de la industria petroquímica, de las formas de acumulación de la época de la informática y de la renta bancaria desmesurada, de los estilos mafiosos de todos los tiempos, incluidos los impuestos por el imperio mafioso de Norteamérica. Muchas ciudades nuestras son también hijas de la narcoeconomía y del intervencionismo extranjero, norteamericano principalmente; son hijas de la especulación y el dumping de espacio urbano por parte de los pocos grandes urbanizadores; esta es también la historia de las formas de producirse y representarse diferentes tipos de contaminación. Es reconociendo estas formaciones históricas que surgen los objetivos concretos de la sustentabilidad en las relaciones urbanos-rurales-agrarias.
La historia del uso del espacio urbano ha dejado huellas en la ciudad y aún, en las ciudades del Sur, muchas formas apropiación del espacio que predominaron en el pasado se encuentran vigentes. Así sucede con las diferentes formas de trasporte. Mientras las nuevas formas de trasporte proporcionan un aumento de velocidad y reducen la perspectiva, aún encontramos formas de trasporte de tracción animal en muchas ciudades. También la historia del uso de la energía deja ver que aún se sigue usando leña como fuente de energía en muchos hogares urbanos.
En la evolución de las formas de contaminación se observa que de ser principalmente orgánica llegó a ser industrial y hoy es una mezcla de esas con la contaminación lumínica, dromológica, electrónica -por los usos del ciberespacio y del espacio electromagnético. Esta evolución parece ser a su vez un proceso de autodestrucción.
Ahora bien, somos las gentes las que construimos los paisajes; gentes que venimos de cualquier parte, emigrantes permanentes, gentes con el trasteo al hombro, como lo mostraba la película colombiana “La casa del caracol”. Seres que llevamos sobre la piel tatuadas historias de desplazamiento o de privilegio. Fuereños asimilados o excluidos, son presencias que distinguen la ciudad. Identidades polimorfas, pliegues y contrastes de sujetos y procesos de subjetivación consabidos e inesperados. Un pequeño grupo cultivado en colegios bilingües y Universidades del Norte del Continente y, otros, las mayorías desposeídos de capital cultural y analfabetas funcionales cultivados en el rigor de la temperie, templados en las calles del rebusque y en noches de acecho. Ciudades donde la cotidianidad de muchas gentes no trascurre en viviendas para habitar sino en recintos para atrincherarse buscando sobrevivir. Hay una ciudad de la que se emplean minerales y materiales que no vemos sino cuando son extraídos; una ciudad de fluidos ocultos, aguas subterráneas y conductos de alcantarillado. Una ciudad donde la vida también trascurre en establecimientos nocturnos donde hay prostitución de todas las edades y sexos. Oculta en la ciudad urbana hay también una ciudad rural.
Se mezclan las condiciones materiales y de infraestructura, incluida la estructura ecológica: la urbs, con las instituciones: la polis y con los ciudadanos que establecen relaciones sociales entre ellos: el civitas. De esta mezcla compleja surgen relaciones jerárquicas entre territorios y entre gentes que habitan territorios. Estas jerarquías se expresan en los poderes político y económico, en los tipos y modos de consumo y hasta en los índices de felicidad.
A partir del analisis de la historia del paisaje y de los territorios que se ha esbozado puede afirmarse que los problemas ambientales no consisten esencialmente -y subrayo esencialmente para que no se pierda de vista que también nos enfrentamos a ellos- en las emisiones de gases contaminantes de las gasolinas con plomo, o en los sistemas inapropiados de manejo de residuos, o en el tratamiento de las aguas servidas y su separación de las aguas lluvias, o en la urbanización de los humedales. No, estos son sólo algunos síntomas. La crisis ambiental de las ciudades deviene, y esto es lo esencial, de la incapacidad de adaptación del modelo de producción, del modelo de desarrollo y del sistema económico, con los sistemas ecológicos.
La historia del uso del espacio urbano ha dejado huellas en la ciudad y aún, en las ciudades del Sur, muchas formas apropiación del espacio que predominaron en el pasado se encuentran vigentes. Así sucede con las diferentes formas de trasporte. Mientras las nuevas formas de trasporte proporcionan un aumento de velocidad y reducen la perspectiva, aún encontramos formas de trasporte de tracción animal en muchas ciudades. También la historia del uso de la energía deja ver que aún se sigue usando leña como fuente de energía en muchos hogares urbanos.
En la evolución de las formas de contaminación se observa que de ser principalmente orgánica llegó a ser industrial y hoy es una mezcla de esas con la contaminación lumínica, dromológica, electrónica -por los usos del ciberespacio y del espacio electromagnético. Esta evolución parece ser a su vez un proceso de autodestrucción.
Ahora bien, somos las gentes las que construimos los paisajes; gentes que venimos de cualquier parte, emigrantes permanentes, gentes con el trasteo al hombro, como lo mostraba la película colombiana “La casa del caracol”. Seres que llevamos sobre la piel tatuadas historias de desplazamiento o de privilegio. Fuereños asimilados o excluidos, son presencias que distinguen la ciudad. Identidades polimorfas, pliegues y contrastes de sujetos y procesos de subjetivación consabidos e inesperados. Un pequeño grupo cultivado en colegios bilingües y Universidades del Norte del Continente y, otros, las mayorías desposeídos de capital cultural y analfabetas funcionales cultivados en el rigor de la temperie, templados en las calles del rebusque y en noches de acecho. Ciudades donde la cotidianidad de muchas gentes no trascurre en viviendas para habitar sino en recintos para atrincherarse buscando sobrevivir. Hay una ciudad de la que se emplean minerales y materiales que no vemos sino cuando son extraídos; una ciudad de fluidos ocultos, aguas subterráneas y conductos de alcantarillado. Una ciudad donde la vida también trascurre en establecimientos nocturnos donde hay prostitución de todas las edades y sexos. Oculta en la ciudad urbana hay también una ciudad rural.
Se mezclan las condiciones materiales y de infraestructura, incluida la estructura ecológica: la urbs, con las instituciones: la polis y con los ciudadanos que establecen relaciones sociales entre ellos: el civitas. De esta mezcla compleja surgen relaciones jerárquicas entre territorios y entre gentes que habitan territorios. Estas jerarquías se expresan en los poderes político y económico, en los tipos y modos de consumo y hasta en los índices de felicidad.
A partir del analisis de la historia del paisaje y de los territorios que se ha esbozado puede afirmarse que los problemas ambientales no consisten esencialmente -y subrayo esencialmente para que no se pierda de vista que también nos enfrentamos a ellos- en las emisiones de gases contaminantes de las gasolinas con plomo, o en los sistemas inapropiados de manejo de residuos, o en el tratamiento de las aguas servidas y su separación de las aguas lluvias, o en la urbanización de los humedales. No, estos son sólo algunos síntomas. La crisis ambiental de las ciudades deviene, y esto es lo esencial, de la incapacidad de adaptación del modelo de producción, del modelo de desarrollo y del sistema económico, con los sistemas ecológicos.